En esta tradición, las familias hacen un muñeco con ropa vieja y relleno de periódico o aserrín para quemarlo la noche del 31. Simboliza soltar las tristezas, enfermedades, malas experiencias y mala suerte del año que termina.

Surge hace casi dos siglos, con una alerta de fiebre amarilla en la ciudad de Guayaquil. Como una medida de prevención, los habitantes de la ciudad quemaron la ropa de sus seres queridos fallecidos junto a paja y ramas, en parte para limpiar los restos de la enfermedad y en parte para «ahuyentar la peste y con la esperanza de dejar atrás todo lo malo, para iniciar un nuevo año lleno de ilusiones», detalla el Ministerio de Cultura de Ecuador.
Por otro lado, en TELEAMAZONAS.COM agrega que otros historiadores ubican la quema de los monigotes con un origen católico: Un muñeco que representaba a Judas Iscariote, el discípulo que traicionó a Jesús, y se quemaba en la época de Semana Santa, durante el régimen colonial.
La tradición creció y se popularizó cuando las familias comenzaron a ponerle máscaras, ropa y hasta nombres a sus muñecos, a veces aprovechando la oportunidad para criticar a políticos y figuras públicas, o solo usando a su personaje favorito de series, películas o videojuegos.
Así también surgieron los concursos en ciudades ecuatorianas como Quito, Guayaquil, Cuenca Loja y Tulcán, algunos que continúan hasta la actualidad y se celebran desde hace casi medio siglo (Infobae, 2021).
No solo se trata de quemar un muñeco, es una fiesta llena de humor y sátira que se celebran con amigos y familia, y se conecta con otras tradiciones como las viudas, y cábalas más comunes como comer 12 uvas a medianoche mientras se piden deseos. Al llegar la medianoche quemamos el monigote para dejar ir errores, penas, miedos y todo lo que ya no sirve, una forma única de cerrar ciclos y empezar renovados el año nuevo.



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